Fashion victim.

Podría decir aquello de “me quedo muerta con las faldas escocesas”, pero abro la revista y las  modelos que lucen esas maravillosas faldas midi, botas hasta las ingles y arropadores maxiabrigos no se diferencian mucho de mi amiga Claritilda.

Sí, mientras hacía la fotografía no podía dejar de reirme, pero lo malo de pensar y analizar es que a veces aparece la cara triste de este teatro al que llamamos vida.

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Hazme jazz.

No entendía qué pasaba en las calles, había ruido de sirenas por todas partes, parecía que estaban debajo de casa, como si nos esperaran para detenernos, posiblemente lo que estábamos cometiendo era delito.

Un par de velas era lo único que alumbrara su salón, de muebles de madera oscura y sillones de marquetería antigua, casi nostálgica, pues él mismo parecía sumido en ella. No sabía si lo que me envolvía era el olor a las cenizas de los puros consumidos o Kind of blue empujándome a bailar conmigo misma. 

No puedo decir que me pillara por sorpresa, pero de todos modos conseguía erizarme. Era casi automático, escuchaba sus pasos acercándose y cerraba los ojos quedándome petrificada, esperándole a él y mi cuello esperando a sus dedos. Me apartaba el pelo de la nuca con una caricia casi etérea, como cuando tocas algo y tienes miedo a romperlo, pero no, a él no le temblaba el pulso ni los labios cuando besaba cada lunar de mi clavícula y me agarraba de la cintura estrechándome contra él, aunque no hacía fuerza, sabía que no escaparía.

Uno, dos, tres, balanceándonos de lado a lado haciendo curvas hasta que me daba la vuelta y se aceleraba el tiempo, la trompeta se ahogaba entre la respiración y los latidos, desaparecían las velas y las sirenas de la calle, no quedaba nada más que unos intensos ojos que jamás pude descifrar su color, aunque el balanceo seguía y sus dedos se enredaban en mi pelo elevándome la cara para dejarme envenenar por sus labios, ¿cómo conseguía ser tan delicado y fuerte al mismo tiempo? 

No necesitábamos nada más para dejarnos llevar, solo el ruido de dos cabezas contra el suelo y unos tacones rojos lanzados y desaparecidos. Eran las señales de que otra noche volverían a invadirnos las fantasía, y los protagonistas del sueño seríamos nosotros.

A mi boli negro.

Hace tanto tiempo que estamos juntos, que ni siquiera recuerdo cuánto me costó tenerte, creo que viniste a mi en forma de regalo, perdido como lo estaba yo, con ganas de expresarse pero sin encontrar el modo de hacerlo.

Archivados en el cajón desastre, así nos conocimos. Fue mágico. 

Desde entonces has sido mi cómplice, para ti no habían secretos, fue tan pura la conexión que tuvimos que pensé que jamás me abandonarías, como otros tantos habían hecho antes. Pero hoy… Ya no habrá más un nosotros, ya no podremos seguir haciendo historia juntos. 

¿Recuerdas como te apretaba fuerte? He de confesarte, que lo que más me gustaba de todo era mancharme de ti, impregnarme de tu esencia y salir a la calle con las manos en alto orgullosa de que nuevamente habíamos estado juntos. Y qué más da lo que pensara la gente, si iba más desaliñada de lo que una señorita ha de ir, pero fueron tantas las veces que me marcaste, que lo único que me importaban eran las horas que restar para poder regresar y quedarme dormida sosteniéndote. Pero sólo lo escrito queda ya de nosotros. 

He de hacerme a la idea de que llegará uno nuevo, seguro que no tan perfecto como tú, pero ten por seguro que le avisaré, le diré que ande con cuidado pues el anterior dejó el listón muy alto y será difícil superarlo. 

No importan, te perdono, es ley de vida, entrar, salir y dejar que los nuevos tomen parte de nuestra existencia.

Esos instantes de pánico, casi de infarto, cuando todo el tiempo se paraliza y nada avanza, ni tan siquiera tú que eras tan ligero y ágil, forman también parte del pasado, pero discúlpame pues no veo el momento apropiado para darte un beso y regresarte al cajón y guardarte eternamente. 

Fuiste mi primera aventura secreta, mi primer confesor, quien estuvo a mi lado hasta en los exámenes más complicados, dejándote hasta lo más profundo de tu interior para que yo fuera alguien de provecho. 

Pese a tu marcha, he de darte las gracias por cada momento que hemos compartido.

Descansa en paz amigo. 

Mujer, ni Barbie ni bruja, sólo mujer.

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Hace poco leí en esa red social en la que todo le mundo cuenta sus pensamientos más íntimos, que la mujer perfecta era la que aguantaba cualquier circunstancia y la lloraba por las noches en silencio. Me quedé estupefacta, releí y no salía de mi asombro.
Empezamos con la imposición del prototipo “mujer telecinco”, aquella que el peso de su tacón con plataforma  supera con creces el peso de su masa cerebral, pero que ahora nos intenten convertir en almorranas?
Nada, que aún habrá quien piense que ir maquillada como una mona o decir que sí a todo lo que su príncipe le diga o vivir en un mundo multicolor sacado del culo de un unicornio, es belleza y amor.
No pido que seamos bloques de hielo ni Barbies sacadas de la película Rambo, lo que pido es que eduquemos y vivamos sin doblegar ni permitir que nos dobleguen.
Por muy modernas que seamos aún nos queda largo recorrido a las mujeres luchadoras.

Si a los 19 no se cometiesen locuras…

No me ignores, o por lo menos no finjas hacerlo. Sé que sabes que cada palabra que escribo lleva tu nombre.
No me vengas de maduro, de que lo que pase a partir de ahora no tiene tanta importancia.
Que no somos los mismos? Puede ser, pero después de tanto tiempo aún me quedan lunares por besarte. Ya, tienes razón, y una lista también nos queda. Pero vayamos por partes. Sí quiero. Que no me lo has pedido aún? Lo sé. Pero lo que quiero no es verte amanecer cada mañana. No porque te apesta el aliento a sexo soñado. Lo que quiero es que me esperes esta noche con el coche en marcha, sin mucho equipaje que con tus calzoncillos y camisetas nos sobra, pues iremos lejos, que si no puede ser aquí será en otro lugar.
Total, qué importa una locura más?

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Los sueños, por mágicos que parezcan, a veces dan miedo.

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Aún la recuerdo, sentada frente al MACBA con el ruido de los skaters de fondo, dibujando una calle cualquiera, pero tan mágica como cualquier rincón de aquella ciudad que tantas ilusiones guardaba.

Clavó la mirada sobre mi cámara, y allí estábamos, dos mujeres enamoradas del arte pero con la diferencia de que ella trazaba líneas rectas y firmes y a mi me faltaba pulso como valentía para coger el rodalíes que me cambiaría la vida.

Y de esa sensación y pensamiento, sólo queda esta foto hecha por una aficionada a la que le dan miedo sus propios sueños.

Raquel Díaz.